SIERVO DE DIOS ANTONIO LLEDO SORIANO, Párroco de Ayora


Cuando el autor de estas líneas se dispone a escribir sobre la vida y martirio de Don Antonio Lledó, se paraliza su mente contemplando la bondad y celo pastoral de tan buen pastor, y su triste final a manos de quienes más le debían.

Nació Don Antonio en la industrial ciudad de Crevillente, de padres obreros de la alfombra y esteras, muy cristianos y honrados, el día 5 de mayo de 1875, siendo bautizado el 10 de noviembre del mismo año. Los padres, Antonio e Isabel, transmitieron a sus hijos aquellos valores que dieron como resultado la germinación vocacional del primogénito. 

Por escasez de medios económicos y en unión de otros muchachos del pueblo, a quienes preparó un bondadoso y competente sacerdote, tuvo que empezar los estudios viviendo con su familia durante el primer curso. Ya para el segundo, se incorporó al Colegio de San José de Orihuela, subiendo más tarde al Seminario de San Miguel, siendo muy querido de los superiores por su carácter afable y finos modales.

Ejerció el sagrado ministerio en las parroquias de San Felipe Neri y Aguas de Busot, y más tarde (a. 1916) arcipreste de la Parroquia de La Asunción de Ayora (Valencia) entonces de nuestra Diócesis de Orihuela. En todos estos cargos desplegó una intensa actividad pastoral potenciada por su celo, piedad y buen hacer, consiguiendo el aprecio, simpatía y respeto de todos sus feligreses. 

La catequesis a todos los niveles, las devociones a la Eucaristía, a la Virgen con el título del Carmen, y el cuidado de los enfermos y los pobres, constituyeron su dedicación preferente.

Después de haber trabajado sin descanso durante veinte años, le sorprendió la persecución religiosa de 1936, sufriendo el triste espectáculo del saqueo del majestuoso templo arciprestal y de todas las ermitas del término municipal. 

Expulsado de la casa parroquial para convertirla en almacén de víveres, tuvo que refugiarse en la vivienda prestada por una familia amiga.

Temiendo lo peor, solicitó de las autoridades locales un salvoconducto para salir del pueblo, pero estas le dijeron que nada tenía que temer teniendo en cuenta el general aprecio de que gozaba. Confiando en esas buenas palabras se mantuvo en Ayora, pero si por aquellas fechas era habitual observar por las calles a grupos de exaltados manifestándose de modo revolucionario, “en la tarde del día siete de septiembre de 1936 (habla un familiar que acompañaba al siervo de Dios) aparecieron grupos de gente alborotada en las cercanías del domicilio del sacerdote, con gritos y cantos amenazadores que hacían presagiar un triste desenlace. De madrugada y por la fuerza, unos milicianos irrumpieron en la casa donde vivía el Siervo de Dios, despertaron a la familia con golpes de fusil en puertas y sobre los muebles, con gritos y palabras insultantes. De un golpe de culata inutilizaron el brazo de un sobrino de 13 años, al sacerdote lo arrancaron de la cama en donde dormía y le rompieron un brazo de un culatazo. Arrastrado hacia la calle, lo recibió una chusma vociferante que la emprendió con él a golpes, mientras otros le pinchaban con agujas de coser esparto y lo herían con herramientas cortantes. La víctima caminaba dolorida por la calle de la Marquesa de Zenete (mejor de la “amargura”) dejando un reguero de sangre, pidiendo compasión, gritando perdón y rogando que lo mataran de una vez. Los vecinos de la calle al escuchar el griterío, se asomaban a las ventanas siendo testigos horrorizados del martirio de su buen párroco. Llegada la turba a la fuente y conjunción con la Calle de San Francisco, apareció el grupo de milicianos que se oponía a la muerte del Señor Cura, dispararon al aire para asustar a los asesinos, pero uno de estos, joven de 23 años, temiendo perder la presa, disparó a bocajarro sobre la cabeza del párroco cayendo éste en un charco de sangre. Al día siguiente, apareció parte de la masa encefálica pegada a la pared de enfrente. Así pagaron los desvelos y entrega total de su párroco".

Las reliquias se guardan en la iglesia parroquial de Ayora. Su nicho está cubierto por una lápida de mármol negro que dice: ”Aquí espera la resurrección de los muertos, el varón bueno y sacerdote de Cristo Antonio Lledó Soriano, muerto con crueldad y horrorosamente martirizado por los ferocísimos enemigos de Dios y de los hombres, el día 8 de septiembre de 1936”. 

Al día siguiente, en un escrito publicado y repartido por todo el pueblo, un destacado socialista de Ayora, Don Victorio Piqueras, persona noble, recriminó lo acaecido con el párroco con palabras graves y doloridas, anunciando su alejamiento del pueblo si continuaban estos desmanes. 

No hizo más que hacerse eco del sentir general.